Bs. As. Subsuelo - Tragaluz Barracas


Buenos Aires Subsuelo, serie de relatos breves pertenecientes a Brisa de Cidade. Confesiones de ciudad en clave de diario íntimo. 


En 2012 alquilamos un local viejo en Barracas, con techos altos y paredes que habían visto mejores días. Lo compartíamos con compañeras: cada una tenía su taller, yo daba poesía, otras hacían cerámica o baile. Al principio, el lugar parecía demasiado grande, demasiado silencioso. El piso de mosaico estaba gastado, con manchas que contaban historias de pasos olvidados, y las ventanas daban a un patio interno donde los gatos del barrio se aparecían de vez en cuando.

Pusimos mesas, sillas, algunas alfombras que trajimos de nuestras casas, y armamos un pequeño rincón para mi poesía: un atril viejo, algunas sillas apiladas, libros desperdigados. Durante el día, el local estaba lleno de risas, del aroma a té o café, del ruido de nuestras voces mezclándose con la música que algunas traían. Pero cuando se iban todos, el espacio cambiaba. Era un silencio denso, casi húmedo, que parecía absorber los recuerdos de los talleres y de los días anteriores.

Una noche, después de un taller que terminó tarde, me quedé sola ordenando unos papeles. Afuera llovía y el sonido del agua golpeando el tragaluz parecía un tambor enorme sobre mi cabeza. Me quedé sin ganas de volverme a casa, así que me acurruqué en un viejo sillón que habíamos dejado en un rincón, cubriéndome con una manta ligera. La lluvia caía fuerte, y cada gota parecía multiplicar los crujidos del piso y de las escaleras, como si el edificio respirara conmigo. Escuché un golpe seco arriba y mi corazón se aceleró. Me dije que era alguna de las sillas, o un gato, o el viento colándose por las ventanas mal cerradas.

Pero cada crujido siguiente se sentía más cercano, más consciente. Subí al entrepiso despacio, apoyándome en la baranda fría de metal, y no encontré nada. Solo el eco de mis propios pasos y el olor a humedad mezclado con tinta y libros viejos. Me quedé allí un rato, apoyada en la pared, sintiendo que el lugar me hablaba de alguna manera: me recordaba que no era solo un local vacío, sino un espacio que había sido testigo de muchas vidas, risas, silencios y secretos.

A la mañana siguiente, mis amigas llegaron y rompimos la tensión con risas, como si nada hubiera pasado, aunque yo sabía que algo sí había pasado, algo que solo se siente en los lugares que guardan memoria. No estuvimos mucho tiempo allí: la ciudad nos reclamaba en otros espacios, otras cosas, y, para ser honesta, el proyecto fue un fracaso económico y siempre estábamos debiendo plata. Dejamos mesas, sillas y libros, y nos fuimos, pero aún hoy recuerdo el amanecer de Barracas filtrándose por el tragaluz, los gatos que se escondían y mis talleres de poesía que, por un tiempo, habitaron un viejo local con sus propia lluvia y su propia voz.



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