Ser tu propio jefe, la mentira de la autoexplotación - Un acercamiento al pensamiento de Byung-Chul Han
Vivimos atrapados en un optimismo obligatorio: ser auténticos, ser creativos, ser productivos, ser felices. La consigna suena liberadora, pero esconde un nuevo tipo de sometimiento: la autoexplotación, el mandato permanente de funcionar, incluso cuando el cuerpo y la mente piden otra cosa. Byung-Chul Han (1959, Seúl, Corea del Sur) propone leer esta época desde sus silencios, la depresión que surge cuando la libertad se transforma en obligación. Entre pantallas, notificaciones y promesas de autonomía, el peligro no es que nos vigilen, es que nos vigilemos a nosotros mismos.
Se habla mucho de libertad, de autenticidad, de reinvención. Se habla de emprender, de “ser tu propio jefe” como si fuera una forma definitiva de emancipación. Y sin embargo, en esa aparente autonomía, hay una presión mucho más fuerte que cualquier orden exterior. Byung-Chul Han, que desde hace décadas piensa estos fenómenos, describe este cambio de clima como un nuevo régimen emocional: ya no manda quien prohíbe, sino quien motiva. Ya no existe el autoritarismo visible, sino una tiranía amable que funciona con elogios, desafíos y promesas de realización personal.
Lo que parece empoderamiento se convierte en una carga pesada. Creemos que somos libres porque nadie nos supervisa, nos auto-supervisamos, nos exigimos, nos empujamos sin descanso, como si dentro de cada uno hubiera un gerente auditando el día. La frase “sé tu propio jefe” encierra su paradoja en tres palabras: sos jefe y empleado al mismo tiempo. Y esa doble función no tiene salario, ni feriados, ni horario de corte. Lo que antes era trabajo ahora se vive como identidad: si no rendís, no sólo fallás en una tarea; fallás en ser vos.
Ese tipo de exigencia produce una forma particular de agotamiento. Es un cansancio que no tiene final claro, porque el objetivo siempre puede desplazarse un poco más. Se vive como un rendimiento continuo, como si la vida fuera un proyecto que nunca alcanza la versión definitiva. Y mientras tanto, el cuerpo y la mente acumulan horas, tensiones, expectativas. La ansiedad ya no es un episodio: es un clima. El insomnio, la dificultad para concentrarse, la irritabilidad, la sensación de estar “siempre en deuda” con algo o con alguien, se vuelven parte del modo de estar en el mundo. La depresión se convierte en la enfermedad estructural de una época que nos exige ilimitadamente. El depresivo, para Han, es alguien que ya no puede sostener la ficción del rendimiento continuo. En una lógica donde todo depende de uno mismo, la caída se vive como fracaso personal, no como efecto de un sistema que no tolera ni la pausa ni la fragilidad.
Mientras tanto, el tiempo se fragmenta en pequeñas piezas. Las pantallas y las notificaciones rompen la continuidad de las horas. Cada día se deshace en breves impulsos, tareas mínimas, saltos de atención. Lo que podría requerir profundidad se resuelve en superficialidad. Lo que podría asentarse, se interrumpe. La vida se vuelve una acumulación de comienzos sin desarrollo. Y en ese ruido constante, la contemplación —esa forma antigua y delicada de estar en una cosa por vez— casi desaparece. Pero sin contemplación no hay descanso verdadero. No hay escucha. No hay interioridad.
Han no vende recetas ni caminos de salvación. Su señal es más sutil, pero también más radical: volver a poner un límite donde todo te pide que sigas. No para abandonar el mundo, sino para recuperarlo. No para bajar los brazos, sino para dejar de levantar pesas que nadie pidió. No para renunciar a la creatividad, sino para rescatarla del mandato de la productividad constante.
A veces, detenerse es más revolucionario que avanzar.
Y tal vez la única libertad posible hoy no sea hacer más, sino poder hacer menos: recuperar el derecho a la pausa, a la imperfección, a la lentitud.