.Hay algo que no se puede suavizar ni pasar por alto en el triunfo de José Antonio Kast: su vínculo con el pinochetismo no es solo ideológico, es también familiar y biográfico. Su padre fue oficial del ejército alemán, afiliado al Partido Nazi, y esa herencia atraviesa una concepción del mundo donde la autoridad, la obediencia y el orden impuesto ocupan un lugar central.
Dana Araya
Kast no solo se negó históricamente a condenar a Pinochet, sino que defendió su “obra”, relativizó los crímenes de la dictadura y cuestionó las políticas de memoria y derechos humanos. Ese posicionamiento no es neutral ni meramente provocador. Supone aceptar que el terrorismo de Estado puede reinterpretarse como una respuesta válida frente al conflicto social. Ahí aparece, sin demasiados rodeos, una matriz fascista: la legitimación de la violencia estatal en nombre del orden, la jerarquía y la disciplina.
Recordemos que durante la dictadura de Pinochet hubo miles personas asesinadas o desaparecidas, decenas de miles de torturados, presos políticos y otros exiliados. Pero las implicancias de un gobierno de José Antonio Kast van mucho más allá de lo simbólico.
En lo político, cabe esperar un endurecimiento del aparato represivo del Estado, con mayor protagonismo de fuerzas de seguridad, expansión de facultades policiales y una narrativa que criminaliza la protesta social. El conflicto deja de ser parte constitutiva de la democracia para convertirse en una anomalía que debe ser corregida.
En lo social, el impacto puede ser todavía más profundo. El discurso de Kast tiende a dividir entre “ciudadanos de bien” y sujetos peligrosos: migrantes, pueblos originarios, movimientos sociales, feminismos. Esa lógica no solo excluye, sino que legitima la estigmatización. Cuando el Estado adopta ese lenguaje, la violencia deja de ser excepcional y empieza a naturalizarse en lo cotidiano.
En el plano económico, el proyecto es claro: liberalismo duro, reducción del Estado, recortes en políticas públicas y fortalecimiento de los sectores empresariales más concentrados. La promesa es crecimiento y eficiencia; el costo probable es mayor desigualdad y precarización. No hay indicios de un modelo que busque cohesión social, sino más bien orden macroeconómico aun a costa de fractura social. El “orden” vuelve a imponerse como valor supremo, incluso si ese orden se sostiene sobre exclusión.
Así, el pinochetismo deja de ser un trauma histórico para convertirse en una opción política legítima. No como dictadura abierta, sino como sensibilidad y clima social. El peligro no reside únicamente en lo que Kast pueda hacer desde el gobierno, sino en lo que su triunfo vuelve decible, defendible y votable. Cuando la memoria se erosiona, el autoritarismo vuelve a hablar en voz alta
_______♡_______