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El verano terminó de manera contundente. Un frío inesperado irrumpió e inauguró la nueva estación. El show de esa noche en Villa Ortúzar parecía curado especialmente para esa ocasión, como un acto inaugural que anticipaba el espíritu y el perfume del período por venir.
El escenario abrió con Luncil, que a dos décadas de su inicio y tras varios años sin tocar, volvieron en formato trío con su dream pop etéreo y nostálgico. La voz de Carla Desiderio flota, bailando una danza suave con la guitarra de Diego Centurión y su cálida reverberación. Por momentos suena como un lamento, pero en otros es romántica, decidida, esperanzada. Esa ambivalencia surca también la propuesta sonora del grupo, donde conviven luz y oscuridad, melancolía y futuro. Carla canta dulce y hondamente, y los músicos a su lado dan pinceladas de ritmo y color, como si colorearan una foto vieja, un recuerdo o un sueño que repetimos y alumbramos para no olvidar.
Luego fue el turno de Verde y Los Caballos a Marte, banda que he nombrado muy brevemente en una edición anterior de este zineletter, donde confesé mi gran admiración. Es que han encontrado en esa mixtura entre shoegaze, folk, canción alternativa y psicodelia, un sonido movilizador. Cuando los mencioné la vez anterior fue por otro recital suyo que me había encantado. Este de Lalalá no podría haber sido más diferente e igualmente encantador. Si aquel fue suavidad y vuelo, este set fue crudo y enérgico, de un poder tangible desatado. Si Luncil había sido como una hoja en el viento, VYLCAM fue un remolino, una fuerza de la naturaleza que mueve, arrasa y renueva. Entre esa tormenta, también había espacios para el arco iris, con introspección y exploración. Un show distinto, sorprendente, y que solo confirma mi fascinación por esta agrupación única.
El final de la velada fue con Los Síntomas, otro grupo con más de diez años de trayectoria y culto, que llegó para disparar un synthrock oscuro e hipnótico. Hay algo atrapante, magnético, en ese electrorock dark que impacta en les presentes y nos da una forma de sacudir y resistir la noche helada que reina afuera (o a veces, dentro nuestro). Tiene frenesí y calma, misterio y revelación, baile para el cuerpo y pena íntima para el corazón. El beat corre y la voz reflexiona y repasa con decisión, profundidad y añoranza. Una gran forma de cerrar el evento, de prepararnos para la nueva estación. Ya teníamos fuego para atravesar el frío y entendimos lo que vendría. Ya habíamos experimentado todos los colores del otoño.
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